Hace
algunos años se realiza, en Capital Federal, en Buenos Aires y en otros
puntos del país, La Marcha de las Putas, que tuvo su primera edición en
Canadá en abril del 2011 y que llegó a la Argentina en agosto de ese
mismo
año. Se trata de una marcha que busca visibilizar el abuso y acabar con
la costumbre social de culpar a la víctima de su propia violación por
la ropa que usa o por su historial sexual. La Marcha también cuestiona
ideas que cuentan con validez social y que considera falsas y dañinas,
como la de la irrefrenable sexualidad masculina, supuesto agente causal
de violaciones. El mensaje de equidad y respeto que presenta La Marcha
atrae a muchas personas.
La Marcha, en su edición Capital Federal, se declara neutral en cuanto a la prostitución.
Sin
embargo, no son pocas las personas que, habiendo compartido espacios en
los grupos de discusión en Facebook de La Marcha CABA, llegaron a la
conclusión de que los organizadores están a favor de la regularización
de la prostitución y que su impronta define la postura que tiene La
Marcha ante ciertas cuestiones. También, notaron que los organizadores
hacen una presentación selectiva de la información y que se silencian
posturas abolicionistas a base del "des-gaste" de las personas que
cuestionen la industria de la prostitución. Todo en un marco de
"pluralidad" en el que las posturas individuales de los organizadores en
cuanto al tema prostitutución, ellos insisten, no tiene nada que ver
con los objetivos de la Marcha.
No
es una postura inocente el insistir, como lo viene haciendo La Marcha,
en presentar a las víctimas de abuso como el foco central a la hora de
hablar del abuso. Al hacer esto, irremediablemente se logra una cosa:
borrar al victimario, en la mayoría de los casos, varón. Al no denunciar
este importante aspecto de los abusos, el perpetrador queda borrado y
se dificulta cuestionar los pilares de la socialización sexual
masculina, entre ellos, la institución de la prostitución y cómo forma a
los hombres. No es casual que La Marcha borre al prostituyente y al
abusador al mismo tiempo, y que se dedique a resaltar la existencia de
hombres prostituidos, lo que empaña la realidad numérica que pone a la
prostitución como un asunto principalmente de mujeres.
También
se llegó a la conclusión de que no es casual que La Marcha no tenga una
postura tomada con respecto a las mujeres y los hombres en situación
de prostitución, que se promueva la pornografía en sus páginas, pero sin
comentario en cuanto al efecto que tendrá sobre las prostitutas, que se
permita que personas importantes dentro de La Marcha revuelvan viejas
ideas que responden a la cultura de la violación y van en contra del
mensaje original de La Marcha, como la de culpar los abusos sexuales a
la falta de sexo o a la "represión sexual" y, por ende, que se reflote
la idea de la prostitución como "cloaca social".
Como
agregado, uno de los organizadores de La Marcha de las Putas CABA llamó
a Ammar a sumarse a la Marcha. Es buena publicidad para Ammar poder
marchar en un gentío mezclado que no necesariamente tiene que estar
acuerdo con ellas, desplegar una bandera para la foto y declarar que ha
conseguido un "gran apoyo" para la regularización de la prostitución. Y,
seguramente, es lo que se ha de esperar en las nuevas ediciones de la
Marcha. Hasta ahora, sólo han participado activistas solitarios para "la
causa" de la regularización, entre ellos, una que profesa disgusto con
la trata de personas por tratarse de "competencia desleal". No es casual
que todo esto suceda cuando hay proyectos de ley en danza para la
regularización de la prostitución.
Periòdicas Anarcafeministas Libres-Pensadoras Publica cuando las Blogueras se Inspiran
viernes, 19 de diciembre de 2014
miércoles, 5 de febrero de 2014
Mujeres maltratadas por ellas mismas
Liliana Mizrahi
Agosto 6//2012
“hace
unos años, en un ataque de locura en medio de una pelea conyugal, comencé a
romper un juego de té de porcelana Limoges que había encontrado como oferta
porque tenía algunas fallitas. Era absolutamente blanco y yo disfrutaba mucho
ese juego. Comencé a tirarlos al piso y miraba cómo se hacían trizas y no podía
parar. Me pregunto ¿porqué me hice eso? Rompí algo mío, que me
gustaba tanto. Me lo hice a mí misma, yo sola. ¿Me estaba castigando?” (testimonio)
Continúo
pensando en las mujeres y la violencia, el maltrato y su prevención.
En esta
nota pensé en el auto-maltrato, la auto-agresión de las
mujeres.
En el
patriarcado la bronca de las mujeres es sancionada y culpabilizada. No está
bien que las mujeres se pongan violentas y digan cosas impropias que nadie
quiere escuchar. No está bien que la mujer se enoje, rompa o grite. Una mujer
enojada y violenta es fea y mala, aunque tenga razón, eso es lo de menos.
Las
mujeres, no creo que tengamos transitada/tramitada/elaborada, ni muy vista
nuestra propia agresión. No tenemos una relación inteligente, en el sentido
de inteligir nuestra agresión.
Tenemos
una relación prejuiciosa e inducida por el Patriarcado, un vínculo culposo y
auto-condenatorio cargado de acusaciones y confusiones. Nuestra agresión y la
culpa que nos produce, pueden manejarnos, sabotearnos, herirnos por el
malentendido que suponen.
A
veces, ni nos damos cuenta de la rabia y la culpa que hemos acumulado.
Tememos nuestra
agresión, nuestra
capacidad de violencia contra nosotras mismas/ o contra otros, nuestro
descontrol.
Y
esa misma cultura que la sanciona y condena, también la utiliza en contra de
las mujeres mismas, para que muchas crean que tienen que vivir sentadas
en el banquillo de los acusados y en lo posible dando la otra mejilla.
El
patriarcado dice: Las mujeres no deben ser agresivas ni defenderse, sí obedecer
y someterse. Las mujeres deben ser pasivas y dependientes.
Las
mujeres no conocemos bien nuestra propia agresión.
No la
hemos explorado lo suficiente. La reprimimos. La escindimos/ disociamos y la
negamos. Nos da miedo, vergüenza mirarla, re-conocerla, pensarla, hablarla.
¿Hacemos
algo?… sí: nos sentimos culpables, que es la forma de confundirnos a nosotras
mismas, desorientarnos y debilitarnos. Que en realidad es eso lo que importa:
que las mujeres sean débiles.
Nuestra
propia violencia reprimida nos debilita.
La
represión cansa y debilita y nos deja a merced de esa misma violencia, que en
cualquier momento se expresa, irrumpe sorpresiva, explosiva hasta para la mujer
misma. Mujeres maltratadas por ellas mismas.
La
rabia, la frustración, el malestar queda atrapado en un proceso subterráneo (o
subcutáneo), del cual la mujer tiene poco registro conciente, es un proceso
disociado de la conciencia, y va por una vía que no se toca con la realidad.
“Eso
oscuro que me pasa, no me pasa en realidad. Esto que es, no es. Va
por otro lado que yo aparto de mí, y creo que tengo la llave, el control, hasta
que exploto y ahí me doy cuenta que tiene que ver conmigo y debí atender ese
malestar antes.”
Las
mujeres hacemos esas cosas:
**nos
disociamos de
aquello que no queremos ver, ni darnos cuenta y menos pensar.
**Seguimos
adelante a pesar de que la realidad nos muestre con claridad que, “algo”
pasa y las cosas no son así como creemos.
**
Seguimos adelante sin ver, sin querer ver, ni que nos muestren, ni oír acerca de algo de lo
que no queremos enterarnos.
No entendemos
bien nuestra bronca o nuestra frustración, no la legitimamos, y creemos que ya se nos
va a pasar. La banalizamos. Minimizamos su significado. Aguantamos. Soportamos.
En determinado momento explotamos… ¡¡Buumm!!... Somos capaces de romper todo.
Golpear. Golpearnos. Tirar cosas por la ventana. Revolear cuadros. Trompear
vidrios. Patear puertas. (siempre lastimándonos) En una sola frase: volvernos
locas, lastimarnos, auto denigrarnos.
Lo cual
es ideal para que nos digan:
¿ves
ves que sos una loca? Esa frasecita, nos vuelve más locas aún.
Es
hora de asumir la titularidad de las propias conductas.
Si una
se vuelve loca o se hace la loca, porque tiene una montaña de frustración y
odio que no ha podido resolver con madurez, tiene que hacerse cargo. Asumir la
titularidad de su conducta, es darse cuenta que una es capaz de comportarse
como una loca, pero es posible también hacer una autocrítica que nos
sirva para aprender algo de esos ataques de locura, que nos sirvan para algo
mejor. Y tampoco tener tanto permiso para seguir “haciéndose la loca” y
lastimarse. En ningún momento esa mujer piensa: me estoy haciendo daño.
No debo hacerme esto.
Hay
mecanismos de autoagresión importante en las mujeres.
En los
varones también. Instinto de muerte, disociado en contra de nosotras mismas.
Hemos incorporado al agresor y nos hemos identificado con él/ella.
¿Somos
nuestros torturadores?
Nos
identificamos con el maltratador / y nos maltratamos /y maltratamos a otros/
tal como sentimos que nos maltratan. Las mujeres podemos llegar a ser violentas
con nosotras mismas. Nos lastimamos de muchas maneras. Nos abandonamos. Nos
odiamos. Nos descuidamos. Nos sobre-adaptamos. Nos sobre exigimos. Somos
perfeccionistas. Nos pasamos de rosca. Exageramos. No buscamos ayuda.
La
bronca que acumulamos, gracias al malentendido con esa misma bronca que nos hace sentir
culpable, hace que, si tenemos bronca, estemos en deuda, hipotecadas en esa
culpa que nos inoculan, y así seguimos acumulando material explosivo. Lo
reprimido fermenta, es material explosivo, que siempre vuelve.
El
retorno de lo reprimido es infalible.
Reconocer
nuestra agresión, asumir la titularidad de la conducta agresiva, reconocer si
hubo daños, hacer nuestra autocrítica, pedir y pedirnos disculpas y también
legitimar la conducta, porque en la realidad, no somos locas y si
tenemos un ataque de locura es porque todavía no aprendimos a decir las cosas
de otra manera más madura.
Y de
eso se trata crecer, poder decir natural, directa, sencillamente lo que
sentimos y nos pasa y deseamos o nos molesta, decirlo sin miedo y sin culpa.
También
me parece que si sabemos más acerca de nuestra propia violencia, sabremos más
acerca de la violencia del otro. Y es, de la energía de esa misma violencia, la
fuerza que podemos usar para aprender a defendernos.
Transformar
en algo útil la bronca y la impotencia.
sábado, 18 de enero de 2014
ESCLAVAS, HASTA CUANDO????
En
este caótico mundo en donde cada vez más
los seres humanos nos vamos encontrando en las oscuras cavernas de un
abismo insondable, las mujeres permanecemos encerradas en esas jaulas estrechas
que son escaparates del mundo y noche de intimidad.
Desde
que la humanidad fue consciente de sus deseos de poder, sus necesidades se convirtieron en una fiera hambrienta de
insaciable voracidad que han ido destruyendo nuestra esencia racional y
nuestras ansias de felicidad.
Tanto
siglos de historia no nos han llevado más lejos que el de seguir mirándonos el
ombligo redondo y estable de nuestro denodado egoísmo.
Debe
ser que lo que verdaderamente nos gusta a los humanos es regodearnos en un
sufrimiento continuado que, en definitiva, da sentido a nuestras vidas.
Verdaderamente,
lo que sí debemos tener, tal vez muy en cuenta, es que todos los males del
mundo se deducen de un único deseo incontrolado: El Poder.
Poder
que se justifica por la existencia de una serie de necesidades; poder que se
justifica por un proteccionismo hacia quienes se consideran “más débiles”;
poder que se justifica porf un sin fin de infinitas diferencias. Poder, en
definitiva, que lo justifica todo por el llamado “bien común”, cuando no es en
realidad más que la satisfacción infinita del ejercicio del domino.
No
existe pasión más potente, ni más sugestiva , que aquella que se regodea en el
dominio y sometimiento de l@s. demás.
Cuando
los hombres comenzaron a darse cuenta que podían dominar a la mitad de la humanidad,
simplemente por haber nacido con un sexo diferente, comenzó la barbarie del
poder,del dominio,de la esclavitud,de la prostitución,del machismo,del
maltrato, la violación,y. todos los males posibles.
Querer
considerar las lamentables situaciones existentes de una manera aislada, como
si tuviese identidad en sí misma, independiente de una situación global que subyace a todas
ellas, es además de simplista una tremenda estupidez.
Debemos
intentar ser de una vez por todas, un poco sensat@s. y atajar los conflictos
existentes en su núcleo .
Por
ello, comencemos por desnudarnos de las
capas de poder que nos arropan y tratar de afrontar la carga de dominio que
poseemos, ejercemos y proyectamos,
A
veces parece que existimos y mantenemos
la vida, únicamente por esta pasión denodada.por esta pasión de sugestión hacia
la muerte;porque resulta difícil comprender que si se ama la vida se ejerza una
existencia de aniquilamiento y de dolor.Y esta humanidad evidencia claramente
esta línea destructiva.
Cambiar
esta cultura de poder-muerte, por otra de vida, supone concebir un mundo en
donde se elimine de la estructura mental humana esta pasión.
Si
hacemos un esfuerzo de imaginación y nos creamos un mundo en dónde las ansias
más fuertes fueran las de construir la mayor felicidad posible,¿qué mundo nos
sustentaría?
Si
todas las energías se acumulasen en busca de este objetivo; ese concepto de
igualdad, que únicamente mantenemos en el
mundo de lo deseable, de lo onírico, sería una hermosa realidad.
Debemos
dejarnos ya de zarandajas, de rizar el rizo, luchando y denunciando situaciones
lamentables que padecemos las mujeres, afrontemos de una vez por todas el
problema y eliminemos el poder.
Primeramente
el poder que cada persona detenta, después el poder de los hombres sobre las
mujeres y finalmente los poderes económicos y políticos nacionales e
internacionales.
Si
combatimos el poder en donde quiera que se encuentre, no sólo estaremos
enfrentándonos a los conflictos femeninos actuales, sino que esteremos mejorando
este oscuro mundo.
Pero,¿quiénes
están dispuest@s. a erradicar “su poder”?
Parece
que si éste se eliminase, la inseguridad asolaria a la persona, la razón de su
vida se distorsionaría,su identidad se encontraría, tal vez, menos estable ;
“datos” estos introyectados inconscientemente a través de la educación; y bajo
esta construcción, eliminar el deseo y ejercicio del poder, hace temer a las
personas la pérdida de sus estructuras fundamentales, esas que sustentan su
existencia..
Pero,
evidentemente, este es un camino difícil que a las mujeres nos cuesta
afrontar-no digamos a los hombres-,y por ello, la vida no nos cambia y el mundo
sigue cada vez peor.
Así
que.O eliminamos todos los poderes o Nos conformamos con todo lo que tenemos.
Josefa
Martín Luengo
Apuntes Sobre Misoginia Por Andrea Franulic Depix Movimiento Rebelde del Afuera Santiago, Chile, Octubre del 2003
"El negro
Manuel Antonio hoy cree que es mayordomo, pero todo ha sido un sueño. Y cuando
se pone el traje que le regaló el patrón, sueña que ya no es de
esclavo..." (Nicomedes Santa Cruz)
Este escrito parte de mi experiencia y habita las palabras políticas de Margarita Pisano(1), con las cuales me comprometo plenamente. Se basa en lo que hablé enla III ª
Escuela Feminista (2001) organizada, entonces, por el Movimiento de Mujeres
Feministas Autónomas; hoy, Movimiento Rebelde del Afuera.
Allí hablé de la misoginia, pues creo es fundamental que nosotras la entendamos, puesto que cruza todos los espacios de nuestras vidas: el íntimo, privado y público, impidiéndonos vivir bien.
Misoginia es el odio y el miedo profundos a las mujeres; la palabra viene del griego misogynes que quiere decir “yo odio a las mujeres”. Es el motor de la feminidad (2), que la hace girar sobre sí misma, generando amor-admiración hacia los hombres y su sistema, y desprecio-invisibilización hacia las mujeres. En conceptos literarios, su leitmotiv.
Desde hace siglos habitamos una cultura misógina: pensada, creada, organizada y ejercida por los varones. Debido a quizá qué terror masculino ancestral, hacia un cuerpo que sangraba cada ciclo y tenía la capacidad de parir. No me referiré al origen de esta cultura patriarcal y misógina, pero sí quiero acotar que comparto la hipótesis de la existencia previa de civilizaciones más humanas y vitales presididas por consejos de mujeres. Hoy en día, las mujeres continuamos manifestando nuestra esclavitud hacia los varones y su sistema, al reproducir relaciones misóginas entre nosotras. Trampas de la masculinidad, que desfiguran a los verdaderos responsables y nos transforman en sus cómplices, sino en culpables.
Para sortear estas trampas, conocerlas y sanarnos de ellas, quiero iniciar el análisis y una posible deconstrucción de la misoginia entre mujeres. Y porque también pienso que -desde nosotras- es posible inventar una civilización más humana y relaciones más dignas y felices, si logramos relacionarnos sin misoginia, es decir, si logramos salirnos de la feminidad y, por lo tanto, de la masculinidad; en otras palabras, si dejamos de servir material, emocional e ideológicamente al sistema. ¿Cómo se hace?
En primer lugar, un poco de harina cernida y unas dos cucharaditas de azúcar flor. En segundo lugar, entender que no hay fórmulas ni recetas dadas; sí, una experiencia entre mujeres que se conoce, comprende, analiza, interpreta, estudia, comparte, conversa, converge, diverge, emociona, proyecta, identifica, reconoce y así, así, así. Y no me refiero a una experiencia de complicidades “femeninas”, sino a experiencias-conocimientos-sabidurías de mujeres que se han atrevido a pensar desde Afuera del sistema.
Esta experiencia es la que a mí me ha servido para ir descolonizando mi mirada y poder ver todo aquello que a las mujeres nos han negado y robado, lo que nos mantiene atrapadas; ver, por ejemplo, que mi cuerpo de mujer, arrumbado en el silencio, estaba traspasado de miradas ajenas, que le habían dicho cómo moverse, cómo vestirse, cómo sentir, cómo hablar y cómo callar; cómo seducir y cómo pensar. Qué creer y valorar; con quién y cómo erotizarse; a qué temer, cómo amar... Un cuerpo que, en definitiva, debía vivir en función-proyección de otros-espejos, y no de una misma. ¿Por qué, entonces, habría de quererme?
Esta vida prestada ha marcado tanto a las mujeres que casi carecen (carecemos) de amor propio. El amor propio tiene que ver con la voluntad de pensar un proyecto de vida y de humanidad propio; tiene que ver con ser persona. Es una ética distinta, no prefijada por las leyes de Zeus. Y si una no se ama a sí misma DE VERDAD, más acá del ego (que, a veces, ejerce de armadura de inseguridades, miedos y complejos), es muy fácil despreciar –o proteger, que es la otra cara del desprecio- a las otras. La misoginia se aprende y te la enseña otra mujer.
El sistema patriarcal masculinista es tan eficiente que domina por medio de sus esclavos; esta eficiencia le ha costado mucha sangre, por cierto. Sus esclavos más efectivos han sido y son las mujeres, quienes transmiten el mandato de sumisión/admiración a los varones y su modelo de sociedad. La madre, junto a sus palabras y silencios, valora la obediencia que se espera de nosotras. El silencio es un lugar históricamente femenino y muy violento; nos educan por medio y dentro de él. Es el arma del oprimido, una cola de alacrán que envenena el alma: porque si no me expreso, mi cuerpo se enferma y muere contenido.
Las madres son las primeras mujeres con quienes nos relacionamos en la vida y nos traicionan, al exigirnos –a veces muy ambiguamente, pues también lanzan dardos de rebeldías- que padezcamos las mismas miserias que ellas han padecido. Esta traición fundamental contribuye a la enseñanza de no amar a las mujeres y continúa CON MUCHA FUERZA E INSISTENCIA en las palabras de la profesora y de la tía; luego, en las de las amigas y, muy pronto, en las de una misma.
Las relaciones misóginas entre mujeres pueden tomar varias formas, explícitas o no, desde la envidia y competencia encubiertas o manifiestas, hasta el amor más febril o protector. Esta descalificación puede tomar, incluso, el disfraz de la broma; da lo mismo. Cualquiera de estas expresiones es funcional al sistema y justifica la misoginia más allá de los argumentos.
La envidia entre mujeres ha sido representada en los mitos patriarcales y en los cuentos de hadas que de ellos derivan; de esta manera, las proyecciones femeninas de los varones se han cristalizado en el ámbito de lo sagrado y lo intocable, refrendando los modelos que han ido construyendo en la realidad. La envidia entre mujeres gira, generalmente, en torno al reconocimiento sexual o intelectual de un varón (o una mujer) que elige. La elegida entre todas es una excepción entre las esclavas... la más obediente. Como dice Adrienne Rich: “...la obediente hija del padre que hay en nosotras es solamente una yegua de tiro.”(3) Esta envidia alcanza para desconocer las ideas rebeldes de aquéllas que no les interesa ser “las elegidas”.
Por otro lado, las protecciones ayudistas(4) entre mujeres dejan intacto el sistema de dominación al que nos vemos sujetas. Una mujer que protege a otra mujer extiende la creencia en su propia debilidad hacia las demás, es decir, se protege a sí misma, y en este nicho de inseguridades y sufrimientos, nada cambia; más bien, entrega poder y, en el fondo, admira a quienes controlan a través del miedo. Este sistema legitima las relaciones protectoras-traidoras entre mujeres, porque en ellas, las mujeres no se reconocen como iguales-pensantes, sino como madres, cuya única función es amar sin amor propio.
Lo que no es funcional y aterra a los sistemas de poderes masculinos es que las mujeres PENSEMOS JUNTAS, fuera de sus lógicas y condicionamientos. Para nosotras y no para ellos. Para analizar y deconstruir el sistema existente. ¿Estamos dispuestas a creer en nuestras capacidades humanas y a legitimar nuestras ideas rebeldes, aquéllas que no apelan al sentido común instalado? ¿Estamos dispuestas a romper las cadenas de este “cuento de hadas”?. Porque si esto no sucede, seguiremos repitiendo las relaciones culturales de dominio/sumisión que roen nuestras dignidades, parchándolas con falsas protecciones, engañándonos y sembrando la desconfianza entre nosotras.
Referencias:
(1) Arquitecta, pensadora y crítica de la cultura vigente. Fundadora deLa Morada y La Radio Tierra.
Además, del Movimiento Feminista Autónomo y el Movimiento Rebelde del Afuera.
Ha publicado tres libros y diversos artículos y ensayos.
(2)Entiendo feminidad como una construcción cultural pensada desde la masculinidad y contenida en ésta. Ver El triunfo de la masculinidad, Margarita Pisano, 2000, Ed. Surada, Santiago de Chile.
(3)Sobre mentiras, secretos y silencios
Este escrito parte de mi experiencia y habita las palabras políticas de Margarita Pisano(1), con las cuales me comprometo plenamente. Se basa en lo que hablé en
Allí hablé de la misoginia, pues creo es fundamental que nosotras la entendamos, puesto que cruza todos los espacios de nuestras vidas: el íntimo, privado y público, impidiéndonos vivir bien.
Misoginia es el odio y el miedo profundos a las mujeres; la palabra viene del griego misogynes que quiere decir “yo odio a las mujeres”. Es el motor de la feminidad (2), que la hace girar sobre sí misma, generando amor-admiración hacia los hombres y su sistema, y desprecio-invisibilización hacia las mujeres. En conceptos literarios, su leitmotiv.
Desde hace siglos habitamos una cultura misógina: pensada, creada, organizada y ejercida por los varones. Debido a quizá qué terror masculino ancestral, hacia un cuerpo que sangraba cada ciclo y tenía la capacidad de parir. No me referiré al origen de esta cultura patriarcal y misógina, pero sí quiero acotar que comparto la hipótesis de la existencia previa de civilizaciones más humanas y vitales presididas por consejos de mujeres. Hoy en día, las mujeres continuamos manifestando nuestra esclavitud hacia los varones y su sistema, al reproducir relaciones misóginas entre nosotras. Trampas de la masculinidad, que desfiguran a los verdaderos responsables y nos transforman en sus cómplices, sino en culpables.
Para sortear estas trampas, conocerlas y sanarnos de ellas, quiero iniciar el análisis y una posible deconstrucción de la misoginia entre mujeres. Y porque también pienso que -desde nosotras- es posible inventar una civilización más humana y relaciones más dignas y felices, si logramos relacionarnos sin misoginia, es decir, si logramos salirnos de la feminidad y, por lo tanto, de la masculinidad; en otras palabras, si dejamos de servir material, emocional e ideológicamente al sistema. ¿Cómo se hace?
En primer lugar, un poco de harina cernida y unas dos cucharaditas de azúcar flor. En segundo lugar, entender que no hay fórmulas ni recetas dadas; sí, una experiencia entre mujeres que se conoce, comprende, analiza, interpreta, estudia, comparte, conversa, converge, diverge, emociona, proyecta, identifica, reconoce y así, así, así. Y no me refiero a una experiencia de complicidades “femeninas”, sino a experiencias-conocimientos-sabidurías de mujeres que se han atrevido a pensar desde Afuera del sistema.
Esta experiencia es la que a mí me ha servido para ir descolonizando mi mirada y poder ver todo aquello que a las mujeres nos han negado y robado, lo que nos mantiene atrapadas; ver, por ejemplo, que mi cuerpo de mujer, arrumbado en el silencio, estaba traspasado de miradas ajenas, que le habían dicho cómo moverse, cómo vestirse, cómo sentir, cómo hablar y cómo callar; cómo seducir y cómo pensar. Qué creer y valorar; con quién y cómo erotizarse; a qué temer, cómo amar... Un cuerpo que, en definitiva, debía vivir en función-proyección de otros-espejos, y no de una misma. ¿Por qué, entonces, habría de quererme?
Esta vida prestada ha marcado tanto a las mujeres que casi carecen (carecemos) de amor propio. El amor propio tiene que ver con la voluntad de pensar un proyecto de vida y de humanidad propio; tiene que ver con ser persona. Es una ética distinta, no prefijada por las leyes de Zeus. Y si una no se ama a sí misma DE VERDAD, más acá del ego (que, a veces, ejerce de armadura de inseguridades, miedos y complejos), es muy fácil despreciar –o proteger, que es la otra cara del desprecio- a las otras. La misoginia se aprende y te la enseña otra mujer.
El sistema patriarcal masculinista es tan eficiente que domina por medio de sus esclavos; esta eficiencia le ha costado mucha sangre, por cierto. Sus esclavos más efectivos han sido y son las mujeres, quienes transmiten el mandato de sumisión/admiración a los varones y su modelo de sociedad. La madre, junto a sus palabras y silencios, valora la obediencia que se espera de nosotras. El silencio es un lugar históricamente femenino y muy violento; nos educan por medio y dentro de él. Es el arma del oprimido, una cola de alacrán que envenena el alma: porque si no me expreso, mi cuerpo se enferma y muere contenido.
Las madres son las primeras mujeres con quienes nos relacionamos en la vida y nos traicionan, al exigirnos –a veces muy ambiguamente, pues también lanzan dardos de rebeldías- que padezcamos las mismas miserias que ellas han padecido. Esta traición fundamental contribuye a la enseñanza de no amar a las mujeres y continúa CON MUCHA FUERZA E INSISTENCIA en las palabras de la profesora y de la tía; luego, en las de las amigas y, muy pronto, en las de una misma.
Las relaciones misóginas entre mujeres pueden tomar varias formas, explícitas o no, desde la envidia y competencia encubiertas o manifiestas, hasta el amor más febril o protector. Esta descalificación puede tomar, incluso, el disfraz de la broma; da lo mismo. Cualquiera de estas expresiones es funcional al sistema y justifica la misoginia más allá de los argumentos.
La envidia entre mujeres ha sido representada en los mitos patriarcales y en los cuentos de hadas que de ellos derivan; de esta manera, las proyecciones femeninas de los varones se han cristalizado en el ámbito de lo sagrado y lo intocable, refrendando los modelos que han ido construyendo en la realidad. La envidia entre mujeres gira, generalmente, en torno al reconocimiento sexual o intelectual de un varón (o una mujer) que elige. La elegida entre todas es una excepción entre las esclavas... la más obediente. Como dice Adrienne Rich: “...la obediente hija del padre que hay en nosotras es solamente una yegua de tiro.”(3) Esta envidia alcanza para desconocer las ideas rebeldes de aquéllas que no les interesa ser “las elegidas”.
Por otro lado, las protecciones ayudistas(4) entre mujeres dejan intacto el sistema de dominación al que nos vemos sujetas. Una mujer que protege a otra mujer extiende la creencia en su propia debilidad hacia las demás, es decir, se protege a sí misma, y en este nicho de inseguridades y sufrimientos, nada cambia; más bien, entrega poder y, en el fondo, admira a quienes controlan a través del miedo. Este sistema legitima las relaciones protectoras-traidoras entre mujeres, porque en ellas, las mujeres no se reconocen como iguales-pensantes, sino como madres, cuya única función es amar sin amor propio.
Lo que no es funcional y aterra a los sistemas de poderes masculinos es que las mujeres PENSEMOS JUNTAS, fuera de sus lógicas y condicionamientos. Para nosotras y no para ellos. Para analizar y deconstruir el sistema existente. ¿Estamos dispuestas a creer en nuestras capacidades humanas y a legitimar nuestras ideas rebeldes, aquéllas que no apelan al sentido común instalado? ¿Estamos dispuestas a romper las cadenas de este “cuento de hadas”?. Porque si esto no sucede, seguiremos repitiendo las relaciones culturales de dominio/sumisión que roen nuestras dignidades, parchándolas con falsas protecciones, engañándonos y sembrando la desconfianza entre nosotras.
Referencias:
(1) Arquitecta, pensadora y crítica de la cultura vigente. Fundadora de
(2)Entiendo feminidad como una construcción cultural pensada desde la masculinidad y contenida en ésta. Ver El triunfo de la masculinidad, Margarita Pisano, 2000, Ed. Surada, Santiago de Chile.
(3)Sobre mentiras, secretos y silencios
miércoles, 4 de julio de 2012
La Familia autoritaria como aparato de domesticación
LA FAMILIA AUTORITARIA COMO APARATO DE DOMESTICACIÓN
![]() |
| Pieter Brueghel -1560- |
No es un azar que la juventud conservadora y reaccionaria (carne del fascismo), que estudia en escuelas particulares de lujo, como el Tecnológico de Monterrey, la Iberoamericana, la Universidad de las Américas, etc., por regla general sea muy adicta a la familia, mientras que la juventud revolucionaria es hostil por principio, a esa Institución.
El padre es el portavoz y representante de la autoridad estatal en la familia, es decir, es el defensor de los intereses de la clase dominante en el seno familiar.
El padre es una especie de sargento: subordinado en el proceso de producción (en su centro de trabajo), y jefe en su función familiar; mira desde abajo a sus superiores, se impregna de la ideología dominante (de aquí su tendencia a la imitación), y es todopoderoso con sus inferiores: su esposa e hijos; no se limita a transmitir las ideas de la jerarquía y de la sociedad, las impone.
El fin primordial de la educación, desde sus pasos iniciales, es preparar a los niños para el matrimonio y para la familia autoritaria.
El niño dirige sus primeros impulsos afectivos y sexuales hacia sus padres. El niño ama a su madre y odia a su padre y la niña hace lo contrario. Estos sentimientos de odio y de celos se impregnan rápidamente de temor y de culpabilidad. Estos sentimientos de odio y de celos se impregnan rápidamente de temor y de culpabilidad. El temor en su origen, está relacionado con los sentimientos sexuales hacia el sexo opuesto. Este temor, junto con la imposibilidad de satisfacer el deseo incestuoso, obliga a la represión del deseo. De esta represión nacen casi todos los trastornos de la vida sexual ulterior.
No habrá represión si el muchacho aunque forzado a la renuncia del incesto, pudiera practicar el organismo (sin culpa), y eljuego sexual con muchachas de su edad. De hecho los niños juegan sexualmente a escondidas de sus padres, con sentimientos de culpabilidad que les perjudicará en su sexualidad futura. El niño que no participa en esos juegos es un candidato seguro al trastorno grave de su vida sexual futura y también como el que lo hace con culpa, un neurótico adaptado y sumiso a la autoridad capitalista.
La represión de los impulsos sexuales está condicionada por la manera de pensar y de sentir de los padres, quienes a su vez están influenciados por la moral sexual antivida, propia del sistema capitalista autoritario.
En realidad la ideología burguesa, cargada de moralina tiene más influencia sobre la educación preescolar que sobre la educación familiar.
El niño no elude la fijación a los padres, fijación de tipo sexual y autoritaria. La autoridad paterna, severa o no, le oprime, aunque sólo sea por la desproporción evidente que hay entre su talla y la de los padres. Muy pronto la fijación autoritaria se desembaraza de la fijación sexual y la reduce a la existencia inconsciente; más tarde, cuando los intereses sexuales se dirijan hacia el mundo extrafamiliar, esta fijación autoritaria se alzará entre los intereses sexuales y la realidad como una muralla gigantesca de INHIBICION.
Esta fijación autoritaria es, en gran proporción, INCONSCIENTE, a la autoridad de los padres tome, a menudo, la apariencia de su contrario, la rebelión de tipo neurótico. Esta no puede suprimir los intereses sexuales si no es, quizás, bajo la forma deacciones sexuales impulsivas, compromiso patológico entre la sexualidad y el sentimiento de culpabilidad. El desarraigo de esta fijación es el REQUISITO BASICO PARA UNA VIDA SEXUAL SANA. Tal como están las cosas hoy, muy pocas personas lo consiguen.
La fijación a los padres es un doble aspecto de fijación sexual, y la sumisión a la autoridad paterna hace muy difícil, si no imposible, el acceso a la realidad sexual y social de la pubertad. El ideal conservador del muchacho pacato y la muchacha irreprensible, momificados en el infantilismo hasta bien entrada su vida de adultos, es diametralmente opuesto a la idea de una juventud libre e independiente.
Otro signo típico de la educación familiar es que los padres, y en particular la madre, si no están obligados a trabajar fuera de la casa, buscan en los hijos, para desgracia de éstos, la GRAN satisfacción de su vida. Los hijos son entonces como pequeñosanimales domésticos: se les puede amar, pero también maltratar a voluntad. Que la actitud emocional de los padres hace a los hijos ineptos para la tarea educativa es una verdad muy conocida.
La miseria conyugal en la medida en que no se agota en las divergencias de la pareja, se derrama sobre los hijos. Esto ya es, en sí, un nuevo perjuicio para su independencia y para su estructura sexual; pero además crea otros conflictos: su refractariedad al matrimonio por lo que han visto en la miseria conyugal de sus padres, y la urgencia financiera posterior al casamiento. En la pubertad, se producen frecuentes tragedias cuando los muchachos, a salvo felizmente de los peligros de la educación infantil, intentan sacudirse también las amarras de la familia.
Así pues, la restricción sexual que los adultos deben imponerse para poder tolerar la existencia conyugal y familiar, recae sobre los hijos. Y como éstos, a su vez, por razones económicas tendrán que zambullirse de nuevo en la vida familiar, la restricción sexual se perpetúa de generación en generación.
Puesto que la familia coercitiva, desde el punto de visa económico e ideológico es parte constitutiva de la sociedad burguesa autoritaria, sería de ingenuos esperar la desaparición de sus estragos en el marco del actual sistema capitalista. Además éstos estragos son inherentes a la constitución misma de la familia y están fuertemente anclados en cada individuo, pero gracias a mecanismos INCONSCIENTES.
A la inhibición sexual que proviene directamente de la fijación a los padres, se añaden los sentimientos de culpabilidad, derivados del enorme odio acumulado en el transcurso de los muchos años de vida familiar. Si este odio permanece CONSCIENTE puede desencadenar una poderosa fuerza revolucionaria; hace que el individuo rompa sus ataduras familiares y pueda convertirse en energía motriz para intervenciones racionales contra las causas reales de ese odio.
Si por el contrario, el odio es REPRIMIDO, conduce a exteriorizaciones inversas: la fidelidad ciega y la obediencia infantil patológica. Estas actitudes constituyen más tarde un inconveniente grave para aquellas personas que quieran alistarse en un movimiento liberal.
Tal tipo de individuos podrá muy bien abogar por la libertad total y, al mismo tiempo, enviar a sus hijos a la catequesis dominical o formar parte ellos mismos de una asociación parroquial para "no hacer sufrir a sus ancianos padres", aunque todo eso vaya en contra de sus convicciones. Presentará todos los síntomas de indecisión y dependencia, consecuencia de su fijación a la familia: no es un buen militante de la libertad.
Fuente: Wilhelm Reich-Monografías
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